Sabes que no me va a invadir
la penumbra cuando te vayas,
pero me sale el sol a tu regreso.
Ya no somos novatos en el oficio
de ponerle mecha al verbo,
como cuando nos estallaba
la palabra en las manos.
Ya entonces éramos hábiles
en describir con precisión
quirúrgica lo que queríamos decir,
pero ahora, además, sabemos
bien lo que queremos decir.
Fuimos dos incendios
buscando alimento en la llama
del otro: tú, con tu particular
incontinencia tormentosa;
yo, guardándome la exposición
del rayo para no fundirnos
en el calambre; y ambos,
retroalimentándonos de luz.
Desde la cómoda distancia
de los nombres prestados,
terminamos como dos talismanes
desgastados de tanto girar
sobre una ruleta rusa.
Jamás crucé tus calles,
jamás rozaste mi sombra,
y, sin embargo, convivimos
con la costumbre de consumirnos.
Qué sabe el mundo de esas guerras
que solo ahogan bajo las ruinas,
de los abrazos construidos
con los escombros del latido.
Luego te fuiste, sin portazos
sin un último verso que explicara
la clausura del sangrado.
Y seguí adelante.
Las estaciones cumplieron su trabajo,
los años fueron sedimentando
su paciente costumbre sobre todo.
Guardé tu voz en un rincón discreto
de la memoria, donde se guardan
las fotografías que no duele mirar.
Y el día menos pensado,
tu nombre volvió a encenderse
entre los viejos muros del recuerdo.
Apareciste, sencillamente,
como regresa la lluvia a un jardín
que nunca estuvo muerto.
No tuve que buscarte, reconocí
al instante tu cadencia
de señalar con caricias una herida.
Y comprendí que algunas ausencias
no vienen a cobrarnos nada;
tan solo nos recuerdan
que en el desierto hubo música.
Por eso celebro tu regreso.
No porque me faltara el aire
ni porque el mundo se hubiera apagado,
sino porque ciertas luces,
cuando vuelven,
consiguen que la alegría se renueve.
Y porque aún leo, entre tus versos,
aquella detonación remota
de cuando nos estallaba
la palabra entre las manos.