Bajo la luz de aquella fiel farola,
su rayo de oro disipó la bruma,
y en el silencio que la noche suma,
el alma nuestra se quedó muy sola.
Tu rostro, dibujado por la llama,
tenía el brillo de un lucero tierno;
allí logramos helar el invierno
y convertir el frío en tibia cama.
La noche fue testigo de la cita,
el místico rincón guardó el exceso,
mientras la magia de aquel primer beso
dejó una huella que jamás se quita.