Hay noches donde quisiera dejar de sentir tanto. Apagar la cabeza. Dormir sin imaginar escenarios. Sin preguntarme qué estará pasando detrás de puertas que no puedo tocar.
Porque qué difícil es querer cuidar a alguien cuando la distancia te obliga a quedarte quieto.
Y aquí estoy, con el pecho lleno de preguntas y las manos completamente vacías.
A veces me odio por no saber qué hacer. Por sentir que cualquier movimiento puede empeorar todo. Por querer correr hacia ti y al mismo tiempo entender que no puedo salvarte a la fuerza.
Entonces me quedo aquí… intentando ser calma mientras por dentro me estoy cayendo a pedazos.
Y nadie habla de lo cansado que es amar así. Amar con impotencia. Amar sintiendo que el mundo entero puede tocar a esa persona menos tú.
Porque yo no quiero ser héroe de nadie. No quiero peleas. No quiero violencia. No quiero más caos alrededor tuyo.
Yo solo quería verte tranquila.
Y duele… duele demasiado cuando sabes que alguien merece paz pero sigue rodeado de tormentas.
A veces quisiera preguntarle al universo por qué algunas personas buenas terminan acostumbrándose al dolor.
Y luego apareces tú, con mensajes pequeños, con silencios que todavía significan algo, con maneras tan tuyas de seguir presente… y vuelvo a romperme.
Porque entonces recuerdo que todavía me importas más de lo que debería.
Y qué agotador es eso.
Qué agotador sentir que el corazón quiere quedarse mientras la cabeza intenta protegerse.
Hay momentos donde de verdad no sé de dónde saco fuerzas. Tal vez del recuerdo de tus ojos tranquilos. Tal vez de la esperanza absurda de que algún día todo esto deje de doler tanto.
O quizás las saco de ese amor silencioso que todavía me nace incluso cuando estoy cansado.
Porque aunque no lo diga, aunque intente verme fuerte, aunque trate de actuar con calma…
la verdad es que sí tengo miedo.
Miedo de que sigas sufriendo. Miedo de no poder hacer nada. Miedo de llegar tarde emocionalmente a tu vida.
Y aun así, aquí sigo.
Sin saber exactamente qué hacer contigo, con nosotros, con todo esto…
pero quedándome.
No porque quiera perderme a mí mismo, sino porque hay personas que incluso desde lejos siguen sintiéndose como hogar.