No sé en qué recodo del tiempo
te he perdido.
No hubo una fecha.
Ni una palabra definitiva.
Ninguna puerta se cerró detrás de nosotros.
Tal vez no fue una despedida,
apenas una tarde más
en el vano transcurrir de los días.
Un libro que ya nadie abre en la página marcada.
La persistencia del polvo. Una silla
que quedó mirando hacia otra parte.
Pienso en vos sin sobresaltos.
La nostalgia,
con los años adquiere
la discreción de los viejos jardines.
Ya no golpea las puertas. No entra.
Mira por una ventana y recuerda,
como quien recuerda una patria
a la que sabe que no volverá.
He comprendido,
o creo haber comprendido,
que la memoria no conserva los hechos,
solo su forma.
Quizá por eso,
de vos me quedan
algunos gestos inexactos,
la sombra de un instante detenido en tu voz.
Tu risa,
tan lejana ahora
como aquellas estrellas
en las que los griegos buscaron sus dioses.
Tu belleza,
que acaso
fue menos tuya que de mis ojos.
Porque de algún modo
mis ojos te crearon, hermosa,
con la paciencia de un mar que crea sus costas.
Y al fin, la tristeza.
Ese otro mar,
que se aleja sabiendo que volverá
a besar la orilla de tu recuerdo obstinado,
dejando en la arena
pequeños naufragios.
A veces, cuando camino
por esas calles que ya nos conocen,
una luz en alguna ventana
me devuelve a una versión remota de mí.
Y solo entonces comprendo
que también yo soy parte
de aquello que se ha ido.
Y lo acepto.
No con la serenidad de los sabios, claro,
sino con la pálida resignación
de quien ha visto caer demasiados inviernos.
Porque hay momentos que no quieren volver.
Tan solo permanecer,
como un paraguas olvidado
en una estación que ya no existe.
O el eco de tu nombre
que ya no pronuncio,
pero que sigue insistiendo
entre las cosas que me olvidé tirar:
las llaves inútiles,
las facturas vencidas,
y las palabras que ya nadie reclama.
En algún rincón,
o recodo,
donde el tiempo no tiene jurisdicción,
debo haberte perdido.