Todavía busco en los bolsillos
rotos de mis vaqueros rotos
el billete, quizás arrugado,
para subirme al tren,
cuyo destino es el mío.
Partirá al amanecer,
ya he perdido media noche
revolviendo el armario,
poniéndolo todo del revés.
A las tres de la madrugada
escribo estos versos
en las escaleras de mi ventana,
al fulgor de la farola,
la luna no alumbra.
Si decidiera colarme…
¿cómo me mirarían
desde dentro del vagón?
Llamaría a algún pasajero,
pero no sé si podría
dictar las coordenadas
del supuesto destino.
El tren se llenará de historias,
bajarán en la misma parada.
Esto... genera desconfianza.
¿Por qué deberíamos todos
correr la misma suerte?
Es absurdo esperar lo mismo
de tantas historias diferentes.
¿Y si en realidad
el tren nunca se detiene
y cada uno elige cuándo baja?
No creo que exista nada
de verdad predestinado.
Quizá no sea una tragedia
haber perdido mi billete.
Si me calzo unas deportivas,
llegaré también a alguna parte.
¿Son las elecciones mayoritarias
siempre las más sensatas?
Ya no sé qué he perdido:
el billete a mi destino
o tan solo un papel arrugado.