sino la decencia de la luz al desvestir la aurora.
En el nudo ciego de dos cuerpos,
el segundo se curvó como un tallo de vidrio líquido,
y la arquitectura del cosmos se contrajo
en la mínima distancia que separa un gemido... de tu nombre.
¿Qué es la inmensidad sino un vacío que nos envidia?
Celoso de este vórtice donde la noche se vuelve carne,
donde fuimos absolutos en un solo roce,
monarcas de un reino de saliva y humo que se desvanece,
pero que deja los pliegues de la memoria
tatuados con jeroglíficos de una sed sagrada.
No se extingue lo que se consume;
se queda flotando lo que ardió con la urgencia necesaria
para calcinar la geometría del calendario.
Somos la caligrafía de la piel que el oleaje no borra,
sino que el mar repite entre los labios,
aprendiéndonos de memoria.