Nunca fui
aquel verdadero amigo,
porque, ignorado al caminar,
metía en los bolsillos vacíos las manos
con el caminar lento y a prisa
de aquella esperanza, una vez más.
Nunca fui un gran amigo.
Nunca fui aquel chico sonriente,
leal a su pensar, que un adiós decía.
¡Y si una vez les fallé,
no hay forma de pedir perdón!
Porque en la atroz vida
el calor del cuerpo se desvaneció.
Aunque al final no era mi vida,
miraba el cielo y las estrellas;
luna llena, la mayor aspiración.
Sin un adiós, todos gritan por atención,
y yo, al decir \"estoy bien\",
es cuando más mentiras diré.
La esperanza vestida de fantasma
de quien jamás fue amado...
En la habitación cayeron lágrimas
de quien sin sombra caminaba,
y el mal carácter de su ser
como viento se va a desvanecer.
Rompiendo el muro de su corazón,
entre las manos se esfuma el suspiro.
Sin mirar hacia atrás el dolor y delirio,
nunca fui infeliz. Adiós, no lloren más,
que falsas lágrimas no son de adiós.