Espantapájaros

Ochenta y tres pasos

Buen día, te dije,

cuando amanecí entre tus sombras,

¡qué hermoso día!

no sé si dormías

o si eras el brillo que me inventaba.

 

Me vestí como pude

y fui por una hogaza de pan.

Sé que te encantan las tostadas.

- ¿Cómo anda el señorito?

- ¡Qué temprano esta mañana!

Me sonrió doña Paula.

- ¿Lo de siempre?

Sí, por favor, respondí,

y su mirada me untó de ternura,

como si el pan llevara su propio milagro.

 

Ochenta y tres pasos contados,

como quien mide la distancia

entre la costumbre y la esperanza.

 

Volví como rayo,

abrí las ventanas,

la brisa traía jazmines.

- Amor, ¿vas a querer miel o manteca?

quise preguntarte,

pero temí despertarte,

e improvisé todo el acto.

 

El aroma a café inundaba el cielo,

aunque más no sea

el cielo raso del departamento.

El pan recién horneado

se doraba como piel al sol de verano.

 

Lista una lágrima, sin azúcar,

sé que lo tomás amargo,

y sin recuerdos.

 

Cae el mantel

con la suavidad del rocío sobre la mesa,

y aunque libró mil batallas

aún se disfraza de capa

para derrocar villanos imaginarios.

 

Dos tazas dialogan en secreto,

la azucarera introvertida apenas escucha,

los individuales se fascinan

con la luz que las cucharas reflejan en las paredes,

y la manteca insiste con que prefiere el invierno.

 

Cuando todo estuvo dispuesto,

corrí a despertarte.

- ¡Amor, todo está servido!

Pero hallé silencio,

y maldigo mi suerte,

cuando al fin entiendo

que ya no estamos,

que ya te has ido.