Diego Pantoja

LA REPETICIÓN

Años después volvimos a hablar

como si el tiempo fuera apenas

una página doblada en un libro.

Me preguntaste —con esa curiosidad tranquila

que siempre fue tu manera de interrogar al mundo—

si había amado a alguien después de ti.

Respondí que sí.

La memoria, que es una forma del laberinto,

me obligó a enumerar rostros,

calles compartidas,

tardes que pretendieron parecerse a otras.

Pero mientras hablaba comprendí algo.

Durante años busqué, sin saberlo,

tu misma manera de mirar las cosas,

tu distancia hecha de ternura,

tu silencio que parecía entenderlo todo.

Hubo mujeres que se acercaron a tu forma

como los espejos se acercan al rostro:

con exactitud aparente

y con inevitable falsedad.

Tenían gestos que recordaban los tuyos,

una risa que por un instante

engañaba a la memoria,

un perfume que insinuaba el pasado.

Pero no eran tú.

El tiempo, que repite las estaciones,

no repite a las personas.

Comprendí entonces

que el amor no busca reemplazos:

busca persistencias.

Y supe —tarde, como se saben casi todas las verdades—

que durante esos años

no había amado a otras mujeres.

Había intentado, inútilmente,

recordarte.