Zarcillos de lunares y volantes
con notas de música rasgada
y redondos tacones,
los albores verdes
besan su vientre tibio,
alma blanca encarcelada
inaccesible al miedo
que estremece la cándida calma.
De adentro saca las fuerzas
que a veces le faltan,
del huerto se nutre la esperanza
y palidecen puras sus entrañas,
madrugadas sin abrigo
cuando el amor la reclama
y clava sus ojos negros
en un bebedizo secreto.
Con el aliento de las desdichas
vuela la flor del almendro.