Juan Vallejo

Anadiómena

Detesto cuando callas porque estás como ausente,
cuando signas mi alma con gesto indiferente
de lacónicos labios que me reputan repelente
y arman inquebrantable flanco intransigente.
 
Duele este silencio que lúgubre perfora
el trasegar insaciable que va de hora en hora
de estrellar mi boca en tu boca y sin demora
verte viéndome mientras tu alma me devora.
 
Quiero olvidar el abismo de tus ojos,
desterrar la pulquérrima efigie de tu cuerpo
del insaciable amor a tu insano despojo,
derrumbar la apariencia de estar cuerdo.
 
Quiero borrar las palabras melifluas
que retumbaron en el centro de la tierra
y despertar sin tu dulzura de bruja
encantada por ponzoña de fiera.
 
Me bastaría con devolver los pasos
andando en sinfonías pétreas,
reducir el mundo a mil pedazos
para no quererte ni darte mis letras.
 
Me bastaría la ilusión del amor foráneo,
enmarañado en un dulce compás danzante,
circundando el esplendor de tu piel brillante
para no amarrarme a la ficción de los años.
 
Mas embebo de fábulas flotantes en el aire
que nos retratan en universos imposibles
en vaivenes de devaneos delirantes
de labios que se persiguen irascibles;
 
donde te toco sin tocarte
y me elevas sin referirme
y me estrellas en el salitre
de mis mil lágrimas de sangre.
 
Pero prefiero el espejismo
de lo que nunca pudo ser,
del silencio en el silencio,
en la congoja arraigado yacer.