Siento el cuerpo como crema batida.
De un clavado, me hundo en profundos mares;
doy vueltas: me pringo con mis pesares.
Mi mente sigue un tanto retorcida.
Mísero y solitario lleno de ira,
libre estaba, sin culpabilidades;
ni siquiera te frecuentaba bares,
antes de tu misteriosa venida.
Olvidé los trancazos que me diste,
y con mi pinto traje azul pastel,
guardé moratones que me metiste.
Con cizaña y sobre aquel anaquel,
escapé; qué bueno que ya te fuiste.
Su sangre embarrada en aquel burdel.