Esquizofrenia.
Los cristales errantes atraviesan el aire,
se deslizan como insectos de vidrio,
fracturan la forma de lo dicho,
no hay origen, solo repetición quebrada,
un mapa que cambia cuando alguien lo mira desde dentro...
la certeza se divide en dos reflejos,
ninguno sostiene al otro,
a veces uno llega antes que la mirada.
La red de interferencias aprieta el oído,
no habla: corrige lo que oye quien la escucha,
cada palabra llega con otra sombra,
como si el enunciado viniera de afuera y se reconfigurase solo,
una maquinaria que insiste en recalibrarse
sin nunca alcanzar versión final,
aunque en la mesa un vaso diga otra cosa que el agua.
El sol duplicado cae sobre la frente,
uno quema, el otro no existe,
pero ambos iluminan la misma herida,
nadie puede decidir cuál es real
sin perder la mitad de la mirada,
y a veces la luz se queda un momento en la pared
después de apagarse.
Alguien camina sin centro,
no sabe si entra o sale del mismo sitio,
sus pasos reescriben el suelo,
que devuelve la mirada y abre nuevas dudas,
la dirección se rompe entre lo que ve y lo que oye,
entre lo visto y lo negado,
y el pasillo cambia de largo cuando nadie lo mide.
La nieve negra cubre los bordes,
no limpia, no oculta, multiplica,
cada copo contiene una versión del mundo
que no coincide con la anterior,
aun así, todas caen al mismo tiempo
sobre lo que nadie puede fijar,
incluida la silla que a veces no recuerda ser silla.
No hay estallido,
solo continuidad defectuosa,
una mente que no se rompe:
se escucha bifurcada sin permiso,
y en la cocina alguien habla sin mover la boca.
No está pasando nada.
Un segundo latido aparece bajo la piel del lenguaje,
una voz que no es particular, pero se reconoce como propia,
habla desde un lugar que el pensamiento no puede ubicar.
No ordena, insiste.
No explica, superpone.
Cada pensamiento llega acompañado de otra articulación que lo contradice,
aunque en el teléfono suene el nombre de alguien que no llamó.
La mano se extiende y llega tarde a su propio gesto,
como si el cuerpo obedeciera a una señal lejana
simulando una alucinación visible.
No hay dolor en la carne, solo una distancia fija,
una brizna de aire entre la piel y el tacto,
mientras las venas ensayan un pulso
que no le pertenece a quien mira.
Nadie llama, pero responden,
el timbre suena incluso cuando no hay casa.
A ratos el tiempo no fluye,
se estaciona en fragmentos que insisten en “repetirse.”
Una aguja que raya la misma línea sobre el hielo…
y nunca lo logra,
como si el día anterior aún estuviera sentado en la cama.
Alguien ha pasado por el ojo al revés.
Las perspectivas se doblan sin aviso,
ensayan lo que va a ocurrir antes de que se manifieste,
y el acto queda suspendido
entre lo que se piensa y lo que se ordena desde otra parte,
mientras la llave no encaja en la propia cerradura.
La identidad se desplaza un milímetro,
el “yo” deja de coincidir con lo que escucha de sí mismo.
Aun así, no hay ruptura final,
solo una continuidad que insiste en desdoblarse,
una mente que no cae:
se pliega en versiones que no logran acordarse entre sí,
aunque todas firmen el mismo nombre en papeles distintos.
xElthan.