Entre el hierro oxidado y el cemento,
donde el pie del olvido pasa y pisa,
nació una voz de pétalos promesa
que el viento frío nunca intimidó.
No eligió la tierra negra ni el jardín,
ni la maceta tibia del ensueño;
eligió la grieta, el borde, el ceño
del concreto gris que la negó.
Y sin embargo ¡oh, misterio! florece.
Con sus pétalos morados como heridas
que al sanar se vuelven llamaradas,
alza al cielo su pequeña voz.
Que digan los que dudan y los ciegos
que aquí no había luz, ni tierra, ni destino;
ella no leyó el funesto vaticinio,
y floreció, y floreció, y floreció.
Así también el alma que ha caído
entre rejas de dolor y duras penas,
guarda dentro de sus rotas venas
la violeta obstinada del vivir.
A pesar de todos los problemas
y contra todo pronóstico,
florece.