Está al borde.
Abajo, el mar ruge,
hambriento,
como si supiera su nombre.
El viento no sopla: empuja.
La empuja.
El corazón golpea las costillas,
pide salir,
arde
como un cohete a punto de estallar.
Y cae.
Se rompe en el aire.
Se desarma.
Se abandona.
No hay manos,
no hay suelo,
no hay regreso.
Solo vértigo
rasgándole el pecho,
solo ruido
haciéndola trizas.
Hasta que el mar la reclama.
Y entonces—
silencio.
El mar no castiga.
La reconoce.
Se abre.
La nombra en secreto.
La envuelve.
Como si siempre la hubiese esperado.
No la hunde,
la sostiene.
Abraza su duelo
hasta que deja de doler,
cobija su tristeza
como quien acuna algo frágil,
y apaga, uno a uno,
los incendios que llevaba dentro.
Lo que desde arriba era furia,
aquí abajo
es quietud.
Un latido lento.
Un segundo suspendido.
Una paz que no pide permiso.
Y en lo profundo,
donde nadie la alcanza,
deja de caer.
Y por primera vez,
no tiene miedo.
Descansa.