Día 4
Llegamos con la emoción desbordada, como quien se acerca a un sueño guardado durante mucho tiempo, con el corazón adelantándose a los pasos y la mirada llena de preguntas.
Íbamos rumbo al Perito Moreno, a esa maravilla del mundo que tantas veces imaginamos, creyendo que ya sabíamos cómo sería el asombro.
Pero nos quedamos cortos.
Tan pequeños frente a la inmensidad.
Porque ninguna fotografía, ningún relato, ninguna expectativa podía preparar el alma para semejante encuentro.
Y entonces, el barco.
Acercarnos tanto al glaciar fue descubrir que la belleza también puede resultar abrumadora.
Tan cerca de aquel gigante azul, de sus paredes infinitas y formas imposibles, sentimos el corazón apresurarse, como queriendo guardar el instante antes de que el tiempo avanzara.
Había algo sagrado en ese momento, algo difícil de explicar: estar frente a una maravilla que no necesita palabras para conmover.
Después llegaron las pasarelas.
Las recorrimos lentamente, como si el tiempo mereciera ir más despacio, observando el inmenso cuerpo de hielo respirar entre montañas y silencio.
Escuchamos el crujir profundo, el estruendo inesperado de fragmentos rompiéndose, como si la tierra hablara en un idioma antiguo, hecho de hielo, agua y memoria.
El frío intenso nos abrazó el rostro, las manos, el aire mismo, pero no logró opacar la emoción de estar allí.
Y ahora, aunque el día ha terminado, seguimos allí de alguna forma.
Aún escuchamos el eco del hielo, aún sentimos el frío en la piel, aún miramos hacia dentro y encontramos esa vastedad.
Porque existen paisajes que no permanecen solo en el recuerdo.
Se instalan en uno, silenciosos y eternos, como prueba de que la creación todavía sabe sorprendernos.
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Rafael Blanco López
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