Tus ojos –nombrados apenas,
como quien deja una lámpara encendida
en la profundidad de una casa–
se abren sin violencia,
como una claridad que no cae sobre las cosas,
sino que las deja aparecer lentamente
desde su propia quietud.
Te llamo,
pero no con la urgencia del eco
ni como la impaciencia del deseo que busca poseer;
te llamo con la paciencia de la raíz
que avanza bajo la tierra
sin preguntar por la forma futura del árbol.
Cada palabra
desciende entonces hacia tu silencio,
y permanece allí,
como una semilla confiada a la oscuridad fértil
de aquello que todavía no pide ser dicho.
Tu rostro ya no es una imagen.
Las imágenes pasan,
se inclinan hacia la memoria
y se desvanecen entre los bordes del tiempo;
pero hay algo en tu presencia
que permanece respirando
dentro de lo que pronuncio.
Y nuestra conversación continúa
sin necesidad del sonido.
Habita la leve inclinación del instante,
la frescura que deja el aire
cuando atraviesa lentamente las ramas,
ese lugar donde el alma se reconoce
no como una ausencia que busca llenarse,
sino como una cercanía compartida,
como una morada abierta
entre tu silencio y mi voz.
Y allí,
en ese punto casi invisible
donde comienza lo que aún no tiene nombre,
mi voz deja de pertenecerme:
se disuelve lentamente,
como una luz que al atardecer
no desaparece,
sino que aprende otra forma
de quedarse contigo.