En este país donde el sol cae como un manto de fuego sobre los hombros, donde el aire entra en ebullición y las persianas bajan a media tarde para defenderse del calor y de las noticias, vuelvo a miraros como quien abre una ventana a la ilusión.
No os pido milagros. España ya ha aprendido que los milagros duran poco y la realidad siempre encuentra la manera de sentarse a la mesa. Pero sí os pido algo más humano y más necesario: una alegría compartida. Un motivo para ponernos a todos de acuerdo, para abrazarnos en las calles o en los salones donde el ventilador gira como un defensa cansado de intentar llegar a todas partes.
El país vive días de bochorno. Bochorno de temperaturas que no dejan dormir. Bochorno de titulares que cansan antes de leerse. Bochorno de políticos más preocupados de defenderse ante el juez que de solucionar los problemas del país.
Y sin embargo, cada cuatro años se detiene el mundo para que el balón entre en órbita como una pequeña promesa de orden. Once jugadores corriendo detrás de una idea sencilla: tocar, avanzar, confiar en grupo. Resulta extraño que el fútbol, con todo su ruido, pueda devolvernos por un instante la sensación de que todavía podamos llegar a la meta juntos.
Os veo saltar al campo y no solo veo camisetas rojas. Veo veranos de infancia, calles vacías durante los partidos, bocinas sonando después de un gol, incluso me veo abrazándome a mi cuñado tras el pitido final. Veo un país que, aunque siempre esté dividido, todavía sabe ponerse de acuerdo cuando entra la pelota.
Sois favoritos, dicen, para levantar el mundo entre las manos, pero más importante que la copa es la tregua. La esperanza por el triunfo es más grande cuanto mayor es la resistencia a la rendición. Y en eso aquí somos expertos, y si algo nos sobra en este país es resistencia a los varapalos. Ya habéis demostrado que podéis superar cualquier obstáculo que se os ponga por delante y lo vais a intentar hasta el final.
Regaladnos noches donde la conversación no empiece con las palabras \"corrupción\" o \"calor\", en las que solo me sobresalte ante un balón que sale rozando el poste o un fuera de juego milimétrico. Haced que durante los noventa minutos me olvide del calor acunulado en la espalda o la vergüenza pegada a los informativos. Convertid el fútbol en una corriente de aire fresco atravesando estos tiempos bochornosos.
Y si al final no llega la gloria, que al menos quede la sensación de haber corrido juntos hacia algo hermoso. Porque también un país se parece a un equipo: sobrevive mejor cuando recuerda como ilusionarse.