El Cronista sin puerto

AnticlĂ­max

Cusco.

 

Todavía me arde esa ciudad.

 

A veces pienso

que uno no extraña lugares,

sino la desgracia

que dejó el cuerpo tirado en ellos.

 

Quinto piso.

Lluvia.

El terminal abajo respirando humo.

Y yo oyendo cómo el pecho

iba perdiendo su costumbre de seguir.

 

Qué vergüenza la soledad.

 

Morirse así,

sin testigos,

como perro encerrado en cuarto alquilado.

 

Ni siquiera era la muerte.

Era algo más pobre.

Más humano.

 

Porque después amaneció.

 

Y mi mundo seguía igual.

 

La misma soledad esperándome.

La misma vida vacía.

La misma tristeza sentada al borde de la cama.

 

Nada había cambiado.

 

Ni el teléfono.

Ni el silencio.

Ni yo.

 

Como si aquella noche

no hubiera estado a punto de morirme solo

en la ciudad que más he amado.

 

Desde el ventanal

la ciudad parecía cansada de sí misma.

 

Cusco tenía esa tristeza antigua,

ese color de ropa mojada,

de pan frío,

de madrugada enferma.

 

No como esta costa inútil

donde el mar repite siempre la misma cara.

 

Yo nací en Callao,

sí,

pero el alma ocurre en otro sitio.

 

La mía ocurrió allá,

donde el frío me sentó al borde de la cama

a escuchar mi propia respiración

como si fuera la de otro hombre.

 

Y desde entonces cargo eso:

 

una nostalgia que no sirve,

un amor por una ciudad

donde casi dejo el cuerpo,

y esta manera triste

de seguir vivo.