azulado, con sus pálidos de azufre,
mientras el gato desliza su gargajo;
si en el infierno no se cuida al que sufre,
se cuida y da abrigo solo al ser de abajo,
con su carne blanca que le alumbra el tajo.
Con la llamarada animan al herido;
tras el gran grito, resuena el gemido:
la gran mano se clava en el espinal,
repartiéndonos frenesí visceral;
pues es la vida real y es tan...fatal.