Cien mil latidos,
y mi día aún no termina,
me ato a la pausa,
a la constancia
del minuto incierto.
Veinte mil exhalaciones,
y sigo:
absorto ante la llama,
como humano primitivo
asumo calor de madera,
y es vida
lo que arde.
Mis células insisten,
su absurdo cometido,
mi cuerpo es pasado,
un país sin bandera,
un territorio perdido.
Quince mil destellos,
mis ojos alucinan,
mi mente no comprende
cómo admitimos el amor
que no podemos ver.
Cien mil latidos,
y mi día aún no termina,
repaso mis prioridades,
la memoria dicta tu nombre.