Abrígame en ti, Señor.
Tenme en tus brazos
mientras veo desfilar las horas.
Sostenme
como una gota de agua que se escapa,
como si quisieras guardarme en tus arterias,
como el interrogante divino en los glaciares,
como perla refugiada en las conchas de nácar.
Mañana
no veremos el dolor de los abismos
y la sonrisa volverá
en las alas de alguna mariposa.
L.G.