Se oxidó la puerta del regreso.
Los goznes chirrían como cruces
en el calvario del olvido.
Encierra la pena entre paredes
oxidadas por llantos antiguos.
La fuerza se le escapa
por las rendijas de la incomprensión.
No hay visitas ni llamadas,
y una luz mortecina alumbra
las cuentas del rosario
que pasan por sus dedos como
un reguero de condena,
de herrumbre y soledad.
Como una cañería sin agua
atascada por la sequía,
sus ojos no ven el final del camino
y sus rezos de media noche
no redimen su orfandad.