He estado aquí mil veces
en el lugar donde la costumbre se revuelca
con la incertidumbre,
como cerdos en el barro;
nosotros mirando para ver
el campeón de los marranos.
Veo un ave volando en el campo.
Veo un buitre raspando su pico sobre un hueso,
el cabello de los muertos,
a eso huele mi corazón;
pero estoy vivo,
más vivo que nunca,
más despierto, más sabio, más abierto.
No le tengo miedo a la muerte ni a fallar;
tengo miedo de que mi hijo no me vea,
que no vea mis verdades, mis victorias,
al igual que mis fallas y mis errores.
¿De qué nos sirve esconder nuestros pecados?
No somos perfectos los seres humanos;
somos horribles, pero buenos con el maquillaje,
buenos con las sonrisas, pero por dentro
estamos llenos de rencor y de odio
por lo que nos hicieron,
por lo que nosotros mismos hicimos.
Somos buitres, no leones,
buenos admiradores;
creemos en las morales que estudiamos en la escuela.
Si fueran tan evidentes, ¿por qué nos toca estudiar?
Algún día entenderás: en este lugar lo valioso es la virtud,
pero eso no se puede definir.
Por cada paso que tomes en el camino correcto
darás dos en el camino equivocado, y eso está bien;
esa es la balanza, es la fórmula, es lo pesado del universo,
que no puedes disturbarlo sin ser el disturbado.
Es la naturaleza, pero observa
cómo se comen los animales, y piensa
cuánto dolor y sufrimiento toma el sobrevivir.
¿Te comerías a una persona?
¿Te comerías a ti mismo?
Y si te pregunto, ¿dejarías que te mastiquen el alma?
¿Qué se puede dar en esta vida, más que el alma?
¿Qué más hay para dar? ¿Amor? ¿Tu corazón?
Todo se puede aguantar. Todo lo he aguantado.
Hablo no por berrinche, sino por lo que he pasado.
Todo se puede aguantar,
menos la muerte del alma.