Escribo para ti desde las estrellas, con la sórdida esperanza de que te detengas a atisbar.
Estoy lejos, donde no podrás divisarme, donde el viento me dejará de cortar y la sangre se congelará en mis sienes.
Mis huesos débiles flaquean ante el pasar de los días, y la melancolía, por siempre mi musa, será la causa de mi partida.
El mar acunará mi cuerpo como un amante olvidado y en el frívolo invierno acompañará mi despedida el ruiseñor con su canto.
Sólo entonces me permitiré visitarte y le agradeceré al ocaso que sea gentil cuando me despida.
Dormiré en tus brazos y me arrullaré con tu llanto cuando tu mirada rota se clave en mis pupilas.
Y la noche, taciturna, dejará a su paso un árbol con mis cenizas