Contemplo el lienzo digital que brilla,
único faro en mi marea fría;
cuando el presente hiere y arrodilla,
el dulce entorno calma mi agonía
y me devuelve la perdida guía.
Es droga dulce, penetrante y pura, mirada eterna en horas tan vacías, bálsamo tibio, imán que me asegura que el alma arrancará de las porfías y olvidará las penas de sus días.
¿Cómo avanzar a un porvenir incierto el tiempo viejo pesa en el costado? La fiel nostalgia busca el pecho abierto, cruel sombra de un idilio ya pasado, tirana que me tiene encadenado.
Sé que serán meses de gris rebozo, cargando el peso de un dolor profundo; mas no me culpo si en el arte gozo, mientras descubro un porvenir fecundo buscando la paz que me niega el mundo.
Porque la tierra guarda una destreza que jamás se hallará en humano alguno; ella solita crea su realeza, curando el alma con su amor puro, tomando el pulso que dejó el infortunio.
Al ver el verde, la penumbra aleja, el daño pasa y el dolor repara; ya no me atrapa la terrible queja, un limpio ruego en el pecho ampara el eco que mi mente sosegara.
Allí, en los ojos, la ilusión avanza, eterna y libre sobre el ancho monte; la llaga calla, el corazón alcanza, y aunque la tierra afuera se confronte, llevo un sol propio en nuestro horizonte.