Nunca fui un ganador
de plenos, sí, de
parcialidades;
en la timba del latido
he sentido muchos
bramidos estomacales.
No fue más que fortuna
de apostador principiante,
pueril, pasional,
contrincante del azar
y el beso sentido...
En la apuesta del latido.
Y fueron los impulsos
del momento los que
llenaron el vaciamiento.
Vicios inciertos, reiterativos,
llevados a divos, en la
masacre espiritual.
Nunca fui un buen jugador,
siempre, guiándome en el
desatino del azar.
Apostando a lo seguro,
certero, muy inmaduro.
Mediocre apostador,
en el temor del sino.
Destino en camino y disfraz,
donde comenzar, otra vez.
Para apostar a plenos...
Y no parcialidades.
Jaher