Francisca Zavala

Carta al Jardín del Cielo

Mamá,

Te amo y me haces falta en cada vuelta del reloj.

Hoy camino con el orgullo de ser tu nieta y tu hija, con la esperanza de que descanses en paz, aunque me duela el tiempo que el viento se llevó.

Lamento los minutos perdidos en lo que no importaba, no haber visto a tiempo que la salud se te escapaba. Eres una herida que no busca sanar, porque es parte de mí; eres el hogar al que ya no puedo volver, la flor que Dios decidió arrancar de mi jardín.

Cada noche, al subir al departamento, busco tu luz. Eres la estrella más brillante, la que miro con pena y amor, prometiéndote que algún día nos volveremos a encontrar. Gracias por forjar a la mujer que soy hoy, por tu apoyo sin juicios, por tus retos a tiempo y por los besos que aún siento en mi piel.

Extraño tu voz y tu aroma, el tacto de tus manos, y ese cabello crespo y desordenado que ahora

lleva mi hija; un regalo tuyo que me hace sonreír en medio de la ausencia. Fuiste, eres y serás el amor más grande de mi vida.

Solo te pido que nos cuides, que mires nuestros logros, y que desde allá arriba le des consuelo a Rubén. Él recorre hoy el camino que yo ya caminé; su abuelo se prepara para partir, y necesita tu luz para atravesar este valle de sombras.

Mamita de mi corazón, faltan palabras y sobran sentimientos. Ni mil libros alcanzarían para decirte

todo lo que te amo, pero hoy te envío este susurro al cielo, con la certeza de que me escuchas en cada latido.