Llegó sin nombre.
No avisó.
Hizo lo que hace el invierno
con los árboles que ya no recuerdan
cómo era mecerse sin miedo.
Me dolían las manos.
No las manos.
Lo que habían tocado.
Lo que habían soltado.
El hueco que deja el humo
cuando ni siquiera hubo fuego.
Aceptar que no todo florece
no es resignación.
Es un pacto con la tierra.
Ella no se rinde.
Solo espera
a que dejes de fingir
que aún eres primavera.
Aprendí a caminar
con una piedra en el pecho.
No late.
No consuela.
Pero pesa.
Y ese peso
me recuerda
que sigo aquí,
con las manos vacías,
caminando.
Antonio Portillo Spinola ©️