Detrás de barrotes y de rodillas,
el mismo prisionero encadenado,
me ve y me suplica, el muy humillado,
acariciando una de mis mejillas.
Veo sus tiernas piernas amarillas,
mientras derrama lágrimas, cansado;
y poco antes de habérmelo callado,
grito al ver poca carne en sus costillas.
A la luz de la ventila, te observo:
venas marcadas, mente desgastada;
pronto vendrá la bandada de cuervos.
Te vas, huyes y me dejas sin nada.
No importa mucho. ¡Ve ya, lindo siervo!
Disfruta la vida, ya que es sagrada.