El orgullo de los hambrientos.
Bajo pantallas encendidas hasta el alba,
las mandíbulas rígidas corrigen gestos frente al vidrio,
aprenden a modular la tristeza para volverla mercancía,
en el patio el sauce inclina las ramas sobre metales saturados de insomnio,
como si se conociera desde siglos la vergüenza de necesidades.
Estatuas de sal coleccionan frases ajenas
igual que estampillas arrancadas de una nación inexistente,
las guardan bajo la lengua,
como credo las repiten antes de dormir,
esperando que esa mínima celebración remiende la intemperie,
aunque después desprecien a quienes les ofrecieron migajas.
Porque el orgullo moderno suele odiar aquello que lo alimenta.
La marabunta es el encuadre de una fotografía torcida.
Labios tensos.
Un agujero negro coronando el cenit.
En cafeterías iluminadas por neón titilante
discuten sobre autenticidad como actores exhaustos,
apenas alguien aparta la mirada
el pulso les cambia detrás de las muñecas.
Entonces sobreviene el teatro:
publicaciones redactadas como epitafios prematuros,
ojeras convertidas en ornamento cadavérico,
melancolías usadas igual que prendas elegantes,
vidas enteras reducidas a vitrinas donde cada herida debe parecer “estética”.
inclusive la caída digna de contemplación pública.
Sin embargo,
el descanso no consigue habitar.
He visto extraños personajes construir una muralla con ironías veloces,
por su limitación responder antes de comprender,
atacar para sacudirse el temblor,
convertir toda conversación en mecanismo defensivo,
como perros famélicos alrededor de un monolito cubierto de pantallas,
incapaces de admitir que únicamente pedían “cercanía”.
Más arriba, una constelación atraviesa la madrugada indiferente,
los trenes continúan desplazando trabajadores agotados,
las ventanas siguen encendiéndose una por una,
alguien vuelve a revisar su rostro antes de dormir,
esperando descubrir en los ojos propios alguna forma de permanencia,
algo que no dependa de extraños presionando un símbolo luminoso.
xElthan