Cuento Corto: La Vida de un Indio
Por: Srta. Zoraya M. Rodríguez Sánchez
Seudónimo: EMYZAG
Había una vez un indio vanidoso en medio de la tormenta. El indio va y va de tempestad a tempestad. El indio esparciendo veneno por la boca de que se mojan sus cabellos lacios como el del Toro Sentado. El indio va y va de tormenta en tormenta y se dice para él que…
-“ésta tormenta me tiene loco”-.
El indio se encuentra en su camino una culebra y no era una culebra o serpiente era una cobra. El indio le teme a la cobra cuando se levanta a esparcir todo su veneno. El indio sale corriendo de la sorpresa ingrata que le dio la culebra cobra y sin importar sus cabellos lacios que se mojan en medio de la tempestad. El indio va y va de rumbo en rumbo hacia un destino ingrato cuando en el camino se halla un duende y éste duende se hace que no lo mira ni lo observa. El indio parco y electrizado por lo sucedido se identifica como el tormento más frío de la temporada cuando arde en su piel el deseo de ver al sol como la costumbre de ser y como la misma solapa de su corazón ya muerto. El indio un día bajó del cielo buscando una sola verdad de que no sabe ni tiene la menor idea del mundo actual. El indio bajó del cielo y se topó con un automóvil y lo miró y lo observó con demasiado ímpetu, sosiego y templanza y no supo cómo guiar al automóvil. El indio parco y electrizado lo dejó hacia un lado y sin poder mover de lugar. El indio nota que el duende lo atosiga más y más cuando en el ademán frío se torna exasperado en el tormento. El indio habla con el duende y le expresa que desea aprender todo para poder guiar el automóvil y el duende le expresa que…
-“el silencio es lo mejor para aprender cosas nuevas y que se quedara en silencio y que lo aprenderá todo”-.
El indio quedó inmutado, disecado, inerte e inmóvil en el arte de ser un indio. El indio va y va de tormenta en tormenta hacia la mejor forma de atraer al sol en su vida, pero, el sol se va más y más lejos del indio. El indio socava bien la fuerza y el duende le explica cómo guiar el automóvil, pero, el indio sin intelecto y sin entender nada, socavó muy dentro del indio la exasperación. El indio vio una laptop y también quiso aprender a utilizar, pero, el indio era torpe, indulgente y muy lerdo. La laptop siguió su rumbo entre el cristal que él trataba de tocar, pero, la pantalla se rompe. La vida de un indio en tiempos presente, se electrizó la tormenta con que bajó del cielo. El indio con plumas en su cabeza no desea morir en el intento, pero, en el camino se electrizó su forma de ser como el indio sin destino. El indio vio una gema en el suelo y la quiso arrancar del suelo, pero, se acordó de que era un indio sin riquezas y la dejó allí tirada en el suelo. El indio quiso ser un indio del presente y poder vivir en el presente, pero, aunque lo quiso no pudo ser ni vivir la vida de un indio en el presente. El indio vio, otra vez, al duende y le preguntó, cómo marcharse hacia su selva y el duende no le supo decir más nada sino quedó inmutado y callado en un silencio que casi lo mataba. El indio cansado de todo y de toda la vagancia del duende quiso aprender de todo el presente con la vida de un indio en el presente. El indio tomó un cerillo que el duende le dio y tampoco, no lo supo utilizar, cuando el tiempo logró socavar dentro de su vida una herida muy profunda. El indio quiso subir al cielo, otra vez, y marcharse a su selva, pero, la tormenta cayó más y más a su alrededor y mientras la lluvia cae en el suelo más el indio baja a la vida de un indio en el presente. El duende le expresa que…
-“sólo escucha el silencio y calla en el momento más sabio”-.
El indio no se calla y por eso es que no aprendió nada de lo que el duende le explica. Entonces, el indio se dijo para sí que…
-“voy a morir aquí sino me llevas a mi selva porque no aprendo nada de lo que tú me dices”-.
Por fin, el indio bajó del cielo y vio todo diferente cuando cayó dentro del automóvil de color gris. El indio se dijo que…
-“quiero morir, porque éste duende no me lleva a mi selva”-,
El indio aprendió a encender el automóvil y atropelló al duende de un ¡zás!. Hubo un silencio y el indio calló cuando se calló también el duende y lo que aprendió del duende fue que morir es mejor que vivir con la vida de un indio en el presente y sin saber nada.
FIN