En las aguas frías de Cantolao,
donde el óxido y la sal
corroen hasta los nombres,
aprendí la deriva.
Más adentro,
en calles donde la noche
se escribe a balazos,
los cuerpos enfrían el asfalto
mientras la policía
vigila otra cuadra
o la impunidad.
Tarde: gaviotas en círculo.
El sol declina.
Y abajo, pacientes,
los gallinazos
presienten la caída.
Este puerto sabe de arribos.
Yo, no.
No hay orilla
que pronuncie mi nombre.
Soy apenas
el que registra la fisura
de una ciudad que no me pertenece:
El cronista sin puerto.