Maira Daniela

Cenizas

Ni siquiera el rastrillo encuentra restos de cosecha bajo este cielo de ceniza que respiramos.

El vacío tiene dientes, lo sé; me ha mordido las palmas cuando quise sostener tu rostro.

También la piedra agrietada alberga un remanso de agua: un cauce secreto que no sabe de escepticismos ni de dioses.

Hay una linfa que empuja desde el hueso podrido, ciega, torpe, animal: esa que no negocia con la herida.

Temo el salto sin red, la apuesta que se desangra en el pozo, la sílaba que el viento entierra.

Pero hay una raíz que perfora el silencio de los siglos, sin motivo, porque abajo, en la podredumbre exacta, alguien —o algo— confió en que la luz reflejaba una estrella viviente y no un recuerdo espectral.

Déjame entonces, con el vértigo a cuestas y la mano vacía, decirte que sí: que la noche no es la última palabra, que hay un germen oscuro de esperanza, más viejo que nuestra lengua, más terco que el lamento.Es apenas una hoja que gira en la tormenta y gira hacia ti.