El almanaque hoy deshoja en el silencio
sus días, y el tiempo ya perdió su frío;
reproduzco un guion que ni siquiera siento,
despierto en la sombra de un eterno vacío.
Camino, río y finjo, respondo por inercia, cumpliendo los tributos de la normalidad, mientras por dentro habita la cruda advertencia: una mente apagada que llora en soledad.
La vida corre al frente, veloz, sin un respiro, y yo me quedo atrás, mirando desde el palco; un espectador que exhala un suspiro, cansado de pisar siempre el mismo charco.
Ya no recuerdo el tacto de un latido genuino, todo se siente lejos, borroso, desconectado; un autómata errante buscando su destino, sobreviviendo apenas a lo que ha quedado.
En el fondo de un pecho que ya casi se agota, donde pesadumbre y miseria pesan tanto, rehúso a que el silencio sea mi marcha rota, rehúso a que las sombras venzan mi quebranto.
Porque si sigo andando con el alma gastada, sé que este ciclo cruel tendrá que claudicar. En medio de esta noche oscura y despiadada, una luz en los ojos habrá de despertar.