Retumba el cuero bajo la neblina,
esta noche huele a ron y a sal marina;
Portobelo despierta en la colina
con una luna roja y clandestina.
Los viejos dicen, junto a la candela,
que el diablo baja al pueblo en madrugada;
trae negro relámpago en la espuela,
con carcajada rota y endiablada.
Le ponen una cruz sobre la frente,
mezclando agua bendita y aguardiente;
el tambor va latiendo lentamente,
dentro del pecho rebelde e insurgente.
Las máscaras parecen animales
paridos por un trueno en el manglar;
sus cuernos son puñales tropicales
que aprendieron del fuego y de la mar.
Las mujeres sacuden la cintura
como si hablaran lenguas ancestrales;
mientras va girando música oscura
debajo de los astros coloniales.
Un niño mira el rito desde lejos,
con miedo y fascinación entre dientes;
y ve sombras bailando en los espejos
del humo que emborracha los ambientes.
Entonces el demonio se arrodilla
frente al altar de un Cristo ennegrecido;
la multitud le escupe la mejilla
y el tambor abre un trueno estremecido.
Después lo bautizan entre canciones,
con risas, con sudor y con locura;
como si el pueblo, entre contradicciones,
quisiera exorcizar su noche oscura.
Porque en Panamá el mito nunca muere,
camina entre la pólvora y la espuma;
y el diablo, aunque la iglesia lo destierre,
siempre vuelve danzando entre la bruma.
JUSTO ALDÚ © Derechos reservados 2026