Cuando la tristeza invadía
los rincones de mi alma,
llegó tu regalo,
inesperado y luminoso.
Esa isla de abrazos
tiernos y profundos,
que guardo hoy como mi posesión
más valiosa y sagrada.
Es allí, en esa orilla,
donde ahora me refugio;
el tesoro más dulce
que el tiempo me ha entregado.
Porque en ese abrazo, el tiempo se detiene,
y el frío que antes quemaba... se hace calma.
No es piel lo que me ofrece, es el atardecer de serenidad,
es el mapa de regreso a mi propia casa.
Ya no soy náufrago en mi propia pena,
porque ahora tengo donde descansar el alma.
Desde mi isla de abrazos.