Kamar Oruga

Final de las Horas

 

 

Ve con ojos enteros 

el fluir místico de la vida,

cansado estoy, es cierto, 

pero la consciencia de la muerte

a este cuerpo inerte 

ha devuelto 

la luz que yo creía inexistente. 

 

Los sueños despiertan en mí 

la pasión y la danza 

de todos los días, 

en el que encuentro

esperanza en medio de la lluvia, 

a veces rota

por tanta desconfianza

de elevada crisis moral,

que al hombre sano enferma

y por tanta tregua sucia

desde las raíces 

que nos encadenan.

 

Quizás yo sea un simple poeta 

y me vea solo para siempre, 

esperando el despertar

al borde del abismo,

hasta ver yo más allá del vidrio que me contiene,

a la vida más pura, más real, 

y más transparente. 

 

Dicen que ando solo y que me escondo en la literatura, 

que abrazo lentas agonías

y que espero que algún día 

el ocaso me mande un mensaje,

quizás ese mensaje

despertará algún día 

a mi risueña mirada dormida. 

 

¿Qué extraña dulzura

a nuestra razón erige 

su figura compleja y triste,

su sentido de movilidad y quietud

y además, 

nuestro lazo con la sombra y la luz?

 

Ya nada queda 

más allá de la primavera,

sólo el cadáver triste 

de hermosas noches,

de estrellas indomables 

y de signos infinitos.

Al último abrazo dado 

la memoria no dará refugio,

no quedará en la noche

ni en ninguna noche,

las penas de un recuerdo

o el signo de un amor de ensueño.

 

Ya las puertas se cierran 

detrás de mí,

abandonado al azar del universo

pienso en el amor 

que perdí y recibí,

y en esta sombra tibia

me lamento del que fui

y del que soy ahora,

más expulsa la aurora esa verdad:

El que quiero ser ya no puedo

y el que fui ya no deseo.

 

Si Dios o el Diablo me reciben,

sabrán que nunca quise nada 

y que todo lo acepté

desde lo feliz y desde lo triste,

sabrán que nunca vendí mi alma

o expuse mi herida gratuitamente,

más sabrán que fui 

tan tonto como inteligente,

tan rebelde como obediente,

y que descubrí mi existencia 

como un valor irreal y sublime,

más allá de la vida 

y más allá de la muerte.

 

Voy a hablar con la verdad,

sólo que yo no sé 

lo que es la verdad,

yo sólo soy dueño de este instante

y no controlo además,

ni mi corazón 

ni el pensamiento del que brota 

toda la realidad

en la que mi identidad se expresa,

tan real por fuera

como tan falsa por dentro. 

 

Yo no puedo hablar de la verdad,

sólo puedo meditar

y capturar el momento,

sólo puedo tratar a la verdad como si de un árbol se tratase,

observarla de lejos, verla crecer,

saber que está más allá de mí 

y que no puedo poseerla.

 

No sé cual es el sabor de la verdad

o cual es su color,

si acaso me hará más feliz o más triste,

tampoco sé si es una entidad fija o eternamente movible,

porque si hablo de la verdad 

yo la amoldo a mi realidad invisible.

 

Más si en el cielo prevalecen las aves como verdades indefinibles,

yo sabré, en el día de mi muerte, 

que al conocer la verdad,

sea hermosa o triste,

me habré ido en paz de este mundo 

por haber buscado

o por haber tratado, 

de darle un significado 

a algo imposible.