Desde el borde de mi cama me reviso los pensamientos
y sé que todos tienen nombre.
Tal como los huracanes, las tragedias y los desastres inevitables,
todos llevan el nombre de una mujer.
Y no existe nada más hermoso
que dejarse sacudir el corazón
por la violencia dulce de unos besos y unas caricias.
No hay nada más efímero ni más íntimo
que ese juego silencioso de dedos y labios
que ya se conocen con la precisión
de quienes se han explorado el alma antes que la piel.
Desde el borde de mi cama
podría enumerar cada peca,
cada curva minúscula de tu rostro,
cada gesto inadvertido que habita en tu memoria
y que ahora también habita en la mía.
Por eso los días se me vuelven extensos,
casi insoportables,
como si el tiempo hubiese decidido castigarme
con tu ausencia.
Ya no quedan estrellas en el paraíso,
ni ángeles junto a Dios,
porque toda forma de divinidad
ha decidido refugiarse en tus ojos, amor.
Y te robé para mí.
Sí, lo admito sin remordimiento alguno.
Te sustraje del mundo
como quien arrebata una reliquia sagrada
antes de que manos profanas puedan mancillarla.
Que se jodan todos.
No pienso volver a saborear
la desesperación atroz de no tenerte cerca,
de extender la mano en mitad de la noche
y encontrar únicamente el vacío.
No soportaré la tibieza de esta cama
cuando tu partida la condene al abandono.
No soportaré estos labios secos,
marchitos,
sin la redención de tocarte.
No soportaré siquiera
este ínfimo corazón mío
que antes de ti
no era más que un caparazón vetusto y ruin,
una carcasa fatigada
incapaz de albergar otra cosa
que una resignación mediocre.
Desde el borde de mi cama,
divagando sobre nuestro porvenir,
sobre nuestros hijos imaginarios,
sobre esa pequeña eternidad que inventé contigo,
me encontraron.
Acuchillado.
No por un hombre,
ni por la desgracia,
sino por tu ausencia.
Sin tu voz,
esa que no me hablaba al oído,
sino directamente al alma,
como si cada palabra tuya supiera exactamente
dónde tocarme para hacerme temblar.
Te extraño, amor.
Y sé que apenas han transcurrido unas horas sin verte.
Lo sé.
Pero soy apenas eso: un loco enamorado,
un insensato que ha hecho de tu presencia
su única noción de equilibrio.
Permíteme imaginar, aunque sea por crueldad,
cómo sería mi mundo sin ti.