NҽցαԵíѵҽ ตαղ 🍃

թօҽตα 36

 
թօҽตα 36
 
 
Nómbrala,
que el nombre pesa más que el olvido,
más que la piedra que no sabe que se hunde,
más que el silencio cuando tiene hambre.
 
Tienes la dulzura de las cosas
que no saben que son hermosas,
la gracia frágil de los pájaros antes del vuelo,
la luz que no presume de alumbrar.
 
Tu voz llega antes que tus pasos
como el olor a tierra antes de la lluvia,
como el amor que anuncia sin saber que anuncia.
 
Y el tiempo, que es un río sin orillas,
aprende a detenerse cuando tú hablas.
Los relojes alargan la tarde
con una ternura casi humana,
como si supieran que hay presencias
que no merecen el apuro de las horas,
que hay nombres que se pronuncian
y al minuto pide permiso para irse.
 
Entonces yo te nombro despacio,
como quien sostiene agua entre las manos
sabiendo que se va, que siempre se va,
pero quiere guardar su humedad,
ese temblor que moja el alma.
 
Y yo la nombro.
con la boca que me duele de querer,
de querer no olvidarme de tu boca.
La nombro para que el aire recuerde su forma
y no la pierda cuando ella no esté,
para que se quede dulce, quieta, inevitable
en el espacio que dejaste de todo,
en ese todo vacío que dejaste de nada,
en esa nada llena que me habitas.
 
Nómbrala.
Porque nombrar es otra forma de quedarse,
de trazar en el aire una frontera
entre lo que se olvida
y lo que, aún sin querer, permanece.
¿ Porque yo la nombro finalmente ahora
y el poema no termina ?
sino que empieza a doler
de otra manera.