Los gritos internos se escuchan como ecos, como un mar desbordado a punto de consumirte o como llamas imposibles de apagar hasta dejarte en cenizas. Te dejan sediento, sin habla, haciéndote sentir diminuto y sin piedad; son de esos gritos que te rompen en mil pedazos sin reparación alguna. Como un cristal al caer al suelo, sabes que podrías repararlo pero no será igual: las marcas quedarán y habrá pedazos que no se podrán reparar. Habrás querido arreglar hasta el más mínimo detalle, suplicando que quede lo más parecido a antes, hasta que entenderás que nada vuelve a ser igual.