Hemos atravesado la luz
y también aquello que la apaga.
Hemos sangrado.
Hemos llorado.
Nos hirieron…
y alguna vez
también dejamos heridas.
Fuimos refugio para alguien
y cansancio en los hombros de otros.
Fuimos la mano que sostuvo
y el silencio que llegó demasiado tarde.
Creímos con toda el alma en algunas personas.
Y a veces, sin entender por qué,
alguien creyó así en nosotros.
Nada fue inútil.
Ni lo perdido.
Ni los errores.
Ni las veces que rompimos algo
intentando salvarlo.
Porque vivir también es eso:
llegar tarde,
actuar desde el miedo,
no saber cómo proteger
a quienes amábamos.
Y aun así,
seguir buscando ternura.
Seguir extendiendo las manos
aunque el vacío no responda.
Seguir aprendiendo a mirar al otro
con la misma compasión
con la que un día
aprendemos a mirarnos por dentro.
Bendita esta fragilidad.
Este dolor inevitable.
Y el milagro silencioso
de seguir vivos.