Pudiste mantenerlo los años del olvido.
Y ahora, atravesado por el viento
y la tempestad en la calima,
caminas, sin rumbo y sin destino,
por las ramblas del desvarío,
símbolo eficaz de la memoria perdida.
Anuncias la embriaguez de la esperanza,
tierno aroma emanado de la acacia
florecida en dulzones repamplinos.
Navegas sin ver la proa de la nave.
El viento te arrastra en lo indefinido,
hacia un horizonte que avanza contigo,
hacia la última noche que sin querer se alcanza.
¿Dónde están los campos perdidos del pasado?
¿Donde la alegre bondad de los juegos grupales,
el impulso del cuerpo desbordando energía,
la carrera que en el cansancio descansa?.
Fuiste joven. Y ahora, cruzar la calle
genera una aventura en el camino.
Desde los ojos a la parca memoria
todo convoca el tiempo peregrino.
Se espanta el cuerpo, advierte el espíritu,
indicio vigoroso de la acotada presencia
y el final de este, admirable, desatino
que no es el final sino el principio.