Así es el instante: parpadear con la
misma luz que te rodea, como si tus ojos
hubiesen aprendido el idioma secreto
de las lámparas del alba.
Los numerosos fulgores de tu risa encienden el aire,
y el lirio azul de tu presencia que abre lentamente
en medio del tiempo, dejando caer una delicada
lluvia sobre la memoria.
Trazo entonces el roce que presientes los naufragios,
la huella de las olas que recorren el vacío de tu espalda,
allí donde el verano deposita su emblema de sal y resplandor.
Todo parece inclinarse hacia ti: las hojas, el polvo
dorado de la tarde, las últimas brasas de la distancia.
En tu recuerdo se posa una respiración antigua,
un animal de luz que olfatea las orillas
de mi sombra.
Y mientras el mar levanta sus espejos
contra la noche, las formas permanecen intactas,
suspendidas en el delicado umbral donde
el deseo se vuelve horizonte
y el horizonte, apenas un nombre
pronunciado en silencio.