Leoness

Llanto de noche oscura

 Crujía el cielo en lóbregos bramidos,

brotaba el llanto de la noche oscura,

y en el asfalto, espejos sumergidos

reflejaban de un faro la llanura.

 

Al fondo, el negro abismo de la nada;

reino de sombras, sordo callejón,

donde la lluvia, fiera y desatada,

vencía al tiempo y al corazón.

 

Allí estabas, oh espectro de agonía,

frente a mi sombra, inmóvil, espectral;

tu cuerpo, que la linfa deshacía,

parecía de estatua sepulcral.

 

Blanco alabastro, mármol de un abismo,

esculpido en la roca del dolor,

flotando entre el delirio y el bautismo

de un mudo y desgarrado desamor.

 

¡Qué silencio de tumba nos unía!

¡Qué vacío de voces en la frente!

La mente entre las sombras suspendida

sopesaba el destino inminente.

 

Un frío de mortaja nos ceñía,

rompiendo las cadenas del azar;

la eternidad en juego se ponía:

o el morir, o volvernos a amar.

 

En el delirio de la noche fría,

mi mano hurtó la sombra y la distancia,

tocó tu piel, y un rayo de alegría

rompió la sepulcral extravagancia.

 

Revivió la esperanza adormecida,

el hielo se tornó fuego impetuoso,

y en un beso de gloria y de otra vida,

fundimos nuestro idilio misterioso.

 

Y cesó de llover. La noche impía

su manto de quimeras desplegó;

vencido el callejón de la agonía,

el alba de los dos nos contempló.