Damián R

No apartes la vista amor mío, ni el corazón

Y nos tendimos juntos en la cama, sobre un mar de lágrimas. Yo le secaba las suyas con el pecho; ella, las mías con su cabello. Le hice el amor más hermoso que puede existir. Le mostré que también sé llorar, que el salitre de mis ojos era puro y áspero como las aguas del Mar Muerto.

 

De su cabello nacieron narcisos; de mi pecho, margaritas. Nos besamos por última vez y emprendimos una metamorfosis compartida. Ya no hubo miedo ni miseria, el mundo entero pareció colmarse del amor que yo sentía por aquella mujer.

 

Pero cuando este dichoso y repugnante corazón comprendió, al fin, que éramos dos formas distintas de habitar la vida —casi un oxímoron respirando bajo el mismo techo—, tú ya te habías desprendido de mis brazos. Y te llevaste contigo, entre tus margaritas, algo que creo que todavía latía.