Y esas pequeñas veces
en las que tenía vida nocturna
eran los únicos momentos
donde me sentía realmente feliz.
Capaz no era sano.
Capaz no era correcto.
Pero mi cuerpo soltaba esa dopamina
que me hacía creer, aunque sea por unas horas,
que la vida no estaba tan mal.
Después volvía la realidad:
el rímel corrido,
la boca seca,
el pelo despeinado
y esa sensación amarga
de que la noche ya se había terminado.
Y con el amanecer
las emociones volvían más fuertes,
recordándome, otra vez,
lo vacía que me siento.