Karen García Zambrano

Reinado de Lucerito Lunares(2)

 

Hoy está de fiesta y le han comunicado que será la representante de su grado, tercero B de niñas.

Su belleza y carisma enamoran; hay belleza en su sonrisa, su caminar dibuja auroras y la dulzura de sus palabras encariña.

Llega a la casa temprano, pues hoy no llegó el de ciencias y ya no podía con la emoción; será la candidata de un reinado de honor.

—Mamita querida, te ruego que me des el privilegio de ser yo quien gane esa corona. No he buscado la ambición ni la vanidad me ha acompañado; pero qué lindo el legado de ser también la anfitriona de la belleza de mi grado.

Mamita llorosa la mira; no quiere matar su ilusión, le responde sin voz y con la cabeza le da la aceptación.

Luego viene el consejo:

—Ay, Lucerito Lunares, ¿sabes que otras niñas igual que tú llenan de estima con palabras y tierna voz? Sabes que no es seguro ser la ganadora y, si concursas, ya sabes que tú eres mi corona.

Lucerito le responde:

—Mamita querida, no te preocupes en tu corazón; yo soy la reina de esta casa, mis padres el galardón. Este concurso es una fiesta que viviré entre amigas; independientemente de la elección, solo quiero la pasarela, dar una vuelta y un saludo, y que todos vean que a Lucerito Lunares nadie le hace un nudo en su voz. Mis palabras serán la ola que mueva la adrenalina en una tarde de niñas, vestidos y tacón.

También debes saber que habrá un jurado preparado para calificar nuestra presencia, mas no el voto ganador; cada candidata debe vender boletos para la famosa construcción del salón, ese que no hace tanta falta y nos cuida del calor.

Cada boleto son pesos que ayudarán a la construcción y la niña que más venda será la coronada, no por su belleza inigualable, sino por haber cumplido la misión; una obra social perseguida y la escuela tiene en la mira terminarla con la proclamación.

Comienzan a correr las horas y Lucerito sale con sus boletos; recorre amigas, vecinas, tías y madrinas. Todas la apoyan, le compran boletos; ya se le ha terminado el talonario y ha retirado más en la dirección sin ningún lamento.

Las madres de las otras candidatas se enteran de que Lucerito no para; es la que más ha vendido y solo falta un día para dar por terminado el evento. Es casi seguro el destino de la corona: una niña que no ha parado de vender porque quiere ser la reina de la escuelita.

Llega el día ansiado; su papá le trae el vestido, zapatos, medias y flores. Le dice mientras la sienta en su hamaca:

—Hija, te has ganado esto con sudores, pero eres digna del esfuerzo. Iré a ese evento con permiso de mis patrones; no quiero perderme la emoción de verte coronada, no solo por tu belleza, sino también por ser una niña esforzada.

Llegamos a la escuela y vamos a la dirección para que nos den el resultado antes de la elección, pues sabemos que somos las que más hemos vendido sin descanso y ocupación; pero se necesita el certificado que proclame el valor de lo recaudado para dar por asentado el triunfo del ganador.

Todas las maestras me miran alegres y con tristeza, causándome preocupación; se acercan y me abrazan, recalcando en mis oídos:

—Lucerito, eres la mejor.

Otra me dice:

—Qué bella que eres; no hace falta un concurso para brillar como las estrellas.

Mi madre tiembla sudorosa y saca una peinilla para retocar mi peinado. Unas vinchas doradas sostienen mi melena y me dice:

—Hija tan bella, cómo me llenas de alegría. Bendigo el día en que Dios me colmó de riquezas. Eres la niña más linda que habrá en esta fiesta.

Me pongo un poco nerviosa, pero sigo con la emoción. Entonces mi madre me habla:

—Lucerito, ponme mucha atención. Vas a pasar al escenario con todas tus compañeras, pero quiero que sepas que no serás la primera por elección; en segundo puesto has quedado. Teresita, la mamá de Asunción, supo de tu victoria y quince minutos antes de que llegáramos a esta oficina corrió a su casa y en su criadero tomó al mejor porcino por peso y tamaño, lo vendió a Manuel, el carnicero, y con todo lo vendido duplicó los boletos comprados. Lucerito, no quiero que te entristezcas; la vida es cruel y hay mucha ambición. El esfuerzo es sinónimo de amenaza y harán de todo para vencer, aunque sus armas nazcan de la desesperación.

La niña queda pasmada, cosa que no se esperaba; no tiene respuesta alguna. Su vestido de organza parece haberse apagado porque Asunción está a su lado y sonríe de fortuna.

Ella, una niña de cuentos, de bailes y disciplina, no entiende qué ha perdido cuando la llaman a la pasarela. Pone sus manos en la cintura, da una vuelta con mucho agrado y lanza un beso a la audiencia; vuelve a su puesto como ninguna. Mira la corona que no está en su cabeza, pero el público solo la mira a ella; saben que es la verdadera princesa.

Así termina el festejo entre dichos, versos y consejos, y Lucerito Lunares frente al espejo toca su vestido.

Guarda sus vinchas doradas y limpia despacio su anillo; se siente reina en su casa y todo parece haber terminado. Es más que un alivio el esfuerzo. Ahora entiende que no ha ganado una corona, pero sí una gran estima.

Y mientras la noche cae despacio sobre los techos de la escuela y el eco de la música se pierde entre las calles, Lucerito sonríe encantada; comprende que hay coronas que no se sostienen en la cabeza, sino en el alma; que hay triunfos que no anuncian los jurados ni se compran con dinero.

Porque la verdadera reina no fue quien llevó el adorno brillante sobre el cabello, sino aquella niña que caminó con nobleza, habló con dulzura y supo perder sin arrancarse la luz del corazón.

Y aunque no hubo corona de oro ni banda sobre su pecho, en los ojos de su madre, en el orgullo de su padre y en el aplauso sincero de quienes la vieron desfilar, Lucerito Lunares fue proclamada para siempre como la reina más bonita de aquella tarde de ilusión.