Lautaro.sabella79

Más allá de los parques.

Retomó la novela unos días antes del juicio, la abandonó por negocios pro bono, luego de muchas acusaciones y entre lo inquietante de cada caso, rebajar los años de los clientes, con el traje alquilado, corbata del corbatero, y un sombrero elegante que hacía inquietante su presencia en el parque de los robles, eligió su banco particular del mismo roble de los árboles, todo madera, incluso los apoyamanos hechos de troncos, se guía por el separador de hilo, pasando de página a la que iba directamente. Acariciaba la madera con el barniz oscuro, la suavidad en la dureza del tronco, mientras absorbía las pretensiones del suburbio imaginado, que cada palabra se ideara no solo para descubrir las ligeras decisiones de los subordinados, ligeras que pronto serán pesadas, como la gravedad del asunto. Estaba la mujer imaginada en una escena de celos, y el amante, que ya sabía que fue engañado con otro, y toda esa escena fue para cubrir el mero hecho de que otra persona pensó en ella, cree que el amante no la descubrió, mientras anochecía era difícil la lectura de la jugada pero se iluminaba en esa mujer esa peyorativa ilusión de haberlo dominado. Ya sabía que obtiene muchos seguidores por cada palabra que suelta, y ese otro no era la excepción porque era aplicado, mientras pensaba en el otro en esa pasión controlada ya extasiada por tener mucho, deseaba pasar la noche al motel, pero se negó, la negación era evidente, vivían lejos, como turistas en senderos congelados y una frialdad imaginable, se sumergió más a la relación que el desenlace estaba pactado, como el final del camino, ambos tomaron caminos diferentes, separándose en el auge de la ciudad, como dos enamorados no hubo intercambio, hubo sensación, el amor engendra odio, el amor hacia una persona crea el odio en otra, o también a la misma, así lo decidía en los bajos, se sacó la zapatilla escondiendo el facón a la manga del traje, buscándolo como el otro que es, ya sabía quien era porque lo conoció en una ocasión favorable, con la desconfianza de un marginado apunando sus oídos por la inquietante ansia que pesa en el silencio de la noche, nadie en la vereda, todos los autos pasando, los perros ladraban mucho, una jauría enojada, los meseros servían la comida en las calles, muy serviciales, pero iba a ese lugar que parecía deshabitado, nadie en el parque, a lo lejos, un banco de roble con troncos recién colocado sin pintar, que era el único en el lugar y una novela cerrada al lado del banco.