Huelo el miedo, niño de alma desnuda.
¿Acaso hiciste enojar a luzbel?
¿Quieres que te encuentre, antes que él?
No es mi soberbia, ¿eh?, sino la tuya.
¡Eh, chico malo!, ¿me pides ayuda?
Dime a qué temes, mi tarro de miel,
de cabello largo como un corcel.
Estaré a tu lado: ¡siempre tuya!...
Pero no temas, no te encontrará.
Yo estoy aquí; prometo que huirá de mí.
Con mis alas, desaparecerá.
Después de salvarte, no me verá
jamás. Descuida, ya no vendrá; ni
de mí usted, vil-ruin, se acordará...